¿Será? CUENTO
¿Será o no será? Y estiró el cuello para verla un poco mejor.
Desde ese nuevo ángulo, la luz cómplice de la calle que rebotaba entre el café y las medialunas lo ayudaría a divisar un lunar, que si era ella, debía tener en su pómulo izquierdo.
Pero no, esa no podía ser ella, se repetía Humberto.
¿Será o no será? Y recordaba el inolvidable perfume explicado por las gotitas de colonia con las que humedecía su cuello durante las mañanas del normal de San Fernando.
Fresias, sus preferidas.
Cuàntos fueron los ramos que le regaló para que lo premiara con una sonrisa y mantener tibio ese amor adolescente.
Pero no, esa no podía ser ella, ni el color ceniza de su pelo suyo. Tampoco el bastón que la acompañaba.
Ella se sentaba erguida, alerta a la vida, al viento en la cara, a las copas de los árboles y sus pájaros. La sonrisa constante, la falda corta aunque no tanto, y casi siempre se la podía sorprender tarareando alguna melodía.
Esta señora desgastada por los años nada tenía que ver con ella.
Estaría lejos de ahí, porque sabía que había viajado con sus padres a un país tan lejano que ya no lo recordaba.
Se debía haber casado y probablemente tuvo hijos.
Puede haber cambiado, pero seguro más allá de los años mantendría esa frescura propia de los jóvenes porque Clara era muy especial.
Seguramente sorteó la opacidad que el correr del tiempo genera en el cuerpo y en el alma.
Clara joven y radiante por siempre. Feliz, alerta. Clara falda corta y risa constante. Clara perfume de fresias y manos tibias
¿Qué iba a ser Clara esa señora?- rumiaba Humberto cuando entre las conversaciones de los clientes, el entrechocar de las tazas y el eco de los pedidos adivinó una figura pequeña y liviana como un colibrí sobre el esmerilado de la puerta de entrada.
Una mujer muy joven ingresó entonces en el bar.
Su cara le resultó tan familiar como su particular forma de caminar.
Embelesado vió cómo el pelo de la muchacha adquiría formas fabulosas a cada paso y el brillo todavía sin contaminar de sus ojos irradiaba toda la luz posible.
Comenzó a acercarse en dirección a él sin darle tiempo a procesar la sorpresa: ¡Era ella!
Clara, tal como la recordaba, con sus adjetivos tan propios, tan Clara.
Con su paso adolescente, con las copas de los árboles en su mirada, con los pájaros en las manos, con las fresias en su boca.
Atónito vió cómo el café de esos ojos se clavaba en los suyos y con la sonrisa inolvidable de siempre se acercó abriendo los brazos, con la boca entreabierta proponiendo el beso más añorado. Humberto la imitó presto a la conmoción de esos cuerpos que la vida injustamente había separado e intentó incorporarse; pero ya muy cerca de él, la muchacha torció el rumbo. Súbitamente y con la agilidad propia de toda joven esquivó su mesa y fue a dar con la de la dama de al lado.
¡Abuela! - la escuchó trinar con la misma boca que llenó de besos los cachetes de la anciana.
Ante la consternada humanidad de Humberto intercambiaron abrazos y pagaron la cuenta, y luego, muy lentamente se dirigieron hacia la puerta. A punto de salir, percatándose de que una leve lluvia había comenzado, la añosa mujer se giró y dirigiéndose a la joven exclamó: “Qué cabeza la mía Clarita, tráeme el paraguas que está lloviendo tal como anunciaron”
Tan solo un par de brincos necesitó esa muchacha para estar nuevamente junto a su abuela con el paraguas en la mano, para ahora sí, lanzarse juntas bajo la lluvia y perderse entre el gris de la tarde.
Mientras tanto, adentro, con el corazón empapado, Humberto tomó su andador y tan lentamente como pudo enfiló para la calle, para perderse como todos, donde Dios vaya a saber.
FIN
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